2013-04-08

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Rockaboom: Un refugio para la nostalgia.


Por Cecilia Buentello 
@burbujasonica
Fotos Cecilia Buentello.




El primer disco que compré con mi dinero fue Like a Virgin. Llegué a mi casa, me metí a mi cuarto y cerré la puerta. Le quité el plástico, lo puse a girar. Dentro de la funda venían las letras de las canciones impresas en papel brillante. No salí de mi cuarto en varias horas. Quería aprenderme las letras, traducirlas y practicar los pasos de baile frente al espejo. Era 1984.

Hoy, el que compra música lo hace por ser fanático y respetar al artista. Y el que la consume en formato físico lo hace, además, por  aferrarse a la idea de que todavía es posible admirarla ordenada sobre estantes por colores, tamaños, orden alfabético, género, por entretenerse mirando las portadas y analizando por qué el artista escogió ése diseño para ése álbum, por leer los agradecimientos, por nostalgia.

En el documental “The Last Shop Standing” Johnny Marr menciona que el escuchar música de un disco es una experiencia concreta que tiene un principio y un fin, por lo tanto, es mucho más significativo que hacerlo desde una computadora, que no es más que una abrumadora y omnipresente masa amorfa de interminables opciones.

Cuesta más dinero, tiempo y esfuerzo hacerse de una colección física, pero la recompensa es tangible, duradera, tiene más valor con el paso del tiempo.

Todavía quedan algunos apasionados que buscan alimentar la nostalgia de los demás y la propia vendiendo música en tiendas pequeñas, atendidas personalmente para  mantener la tradición -casi extinta- del contacto interpersonal, del intercambio de conocimientos y gustos musicales.

Rockaboom, la única tienda de discos independiente del este de Inglaterra, funciona en el centro de la ciudad de Leicester desde 1988. El lugar no tiene más de 20 metros cuadrados y no está en un centro comercial, sino en una plaza donde hay varios locales a lo largo de una calle empedrada. 

La vitrina la decoran fundas de viniles viejos y un corcho con tarjetitas para fichero -sí, yo tampoco puedo creer que todavía existan- escritas con plumón negro indicando los próximos conciertos cercanos. Ahí compré en alguna ocasión boletos para ir a ver a Moby.

La alfombra, que en algún momento fue de cuadritos morados con gris, ahora está casi negra por completo y se está desprendiendo del suelo en algunas partes y en otras, tiene hoyos. No creo que la hayan limpiado nunca, ni a la alfombra, ni a la tienda. Nada huele a plástico nuevo como en Virgin o HMV.

De la pared cuelgan camisetas de grupos de heavy metal y carteles de festivales. Los discos compactos están ordenados por orden alfabético, pero las cajitas están vacías (te los dan al momento de pagar) y lo mejor de todo es que traen el precio pegado con una pegatina verde fosforescente. Hay un sólo módulo del cual cuelgan unos audífonos mugrientos en donde se pueden escuchar un par de álbumes recientes, pero nunca he visto a nadie usarlos.

Al atravesar la puerta entra uno en un submundo donde  la gente de clase acomodada que huele bonito y usa ropa de marca jamás se atrevería a entrar. Es un refugio para tribus urbanas que se rehúsan a darle su dinero a las grandes corporaciones porque entienden que comprar música en una tienda independiente es una cuestión de actitud y de estilo de vida.

Góticos, punks, hipsters, rockers rozan codos, curiosean, escarban en busca de ésa música que los define y los separa del resto de la sociedad. Lo que le gusta al hipster no lo gusta al punk, no hay intercambio de opiniones, cada clan se sumerge en su búsqueda y pasa horas en su compromiso por encontrar algo,   muy pocos salen de ahí sin un disco en la mano.

Es como formar parte de una secta, de una familia que entiende el ritual de pasearse por los pasillos, mirar portadas de álbumes desconocidos que llaman la atención por su diseño, encontrar unos de bandas que se nos había olvidado que existían, dar con otros que nunca pegaron de artistas conocidos, preguntarle al dueño qué piensa del nuevo disco de The Besnard Lakes.

El dueño atiende personalmente a los clientes, viste normalmente una sudadera y una gorra, tiene cerca de 50 años de edad. No me lo imagino haciendo ningún otro trabajo ni atendiendo otro tipo de negocio. Aunque venda mucho menos que hace 10 años, la tienda sigue abierta, ¿qué va a hacer? ¿cerrarla y empezar a vender seguros?.
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